El amigo Dr. Francisco Montalvo me compartió el Estudio de Competitividad Mundial de IMD y, dentro de este, busqué con cuáles de las 70 economías podíamos compararnos. Encontré cuatro islas con poblaciones de entre tres y seis millones de habitantes: Singapur, Irlanda, Nueva Zelanda y Puerto Rico.
Uno podría pensar que, por ser islas pequeñas y enfrentar problemas similares —como la distancia, mercados domésticos limitados y dependencia del comercio exterior—, las cuatro aparecerían entre las peores del ranking. Los datos nos cuentan otra historia.
Para comenzar, Singapur ocupa la primera posición mundial. Irlanda aparece séptima; Nueva Zelanda, en la posición 37; y Puerto Rico, en la 52. Según lo que pude interpretar de la lectura, la diferencia está en la capacidad que cada isla ha desarrollado para convertir sus recursos, instituciones, talento e infraestructura en productividad.
El tamaño establece el contexto. El sistema determina el resultado.
Cuando se analizan los 20 subfactores del estudio, el diagnóstico se vuelve más incómodo. Puerto Rico queda último frente a las otras tres islas en 13 de los 20 subfactores. Queda rezagado en economía doméstica, comercio internacional, inversión internacional, marco institucional, legislación empresarial, marco social, finanzas, prácticas gerenciales, actitudes y valores, infraestructura básica, infraestructura científica, salud y ambiente, y educación.
Las posiciones más críticas aparecen en infraestructura básica e inversión internacional, categorías en las que nuestra isla ocupa el lugar 70 entre las 70 economías. También aparece en la posición 65 en economía doméstica, comercio internacional y marco social. Esto deja claro que el problema de competitividad de Puerto Rico es sistémico: es más que una sola agencia, más que una sola industria y más que un solo partido político.
Y sí, la infraestructura básica afecta todo. La energía costosa o inestable, los sistemas de agua vulnerables e ineficientes, las carreteras deterioradas —aun cuando contamos con un sistema vial completo—, los puertos con limitaciones y los procesos de mantenimiento lentos terminan convirtiéndose en costos empresariales que nos hacen poco competitivos.
Es un efecto dominó: el empresario compra generadores gastando sus recursos, tiene que adquirir más inventario, pierde horas de producción y paga más por seguros. Luego nos preguntamos por qué producir aquí cuesta más.
La inversión internacional o inversión extranjera directa (Foreign Direct Investment) también presenta una señal seria. Puerto Rico puede atraer proyectos mediante incentivos, pero atraer una operación y construir una plataforma de inversión son dos cosas distintas. Una economía competitiva logra que la inversión llegue, permanezca, se reinvierta, desarrolle suplidores locales y transfiera conocimiento.
Nuestro sistema de exenciones contributivas atrae algunas operaciones, pero no necesariamente promueve que estas reinviertan y desarrollen suplidores locales, generando el efecto multiplicador que se requiere para alcanzar el desarrollo económico esperado.
En el comercio internacional ocurre algo parecido. Puerto Rico exporta medicamentos, dispositivos médicos y otros productos de alto valor, pero eso no significa automáticamente que tengamos una economía exportadora fuerte. Una planta puede exportar miles de millones mientras importa tecnología, propiedad intelectual, materias primas y servicios especializados.
La pregunta correcta que debemos hacernos es cuánto valor real se queda aquí, cuántas empresas locales participan y cuántos suplidores puertorriqueños crecen dentro de esas cadenas. Ya sabemos el resultado.
El marco institucional y la legislación empresarial también nos colocan cerca del fondo. Aquí entran los permisos, la burocracia, la estabilidad de las reglas, la coordinación entre agencias y la capacidad del Gobierno para ejecutar. El empresario puede adaptarse a una regla exigente. Lo que destruye la inversión es una regla ambigua, cambiante o aplicada de forma distinta según quién atienda el expediente.
Puerto Rico tampoco sale bien en educación, prácticas gerenciales, finanzas empresariales y actitudes hacia la competitividad. Aquí el espejo apunta también al empresario. Podemos criticar al Gobierno todo el día, pero si nuestras empresas no miden su productividad, no adoptan tecnología, no desarrollan talento y no aprenden a exportar, también somos causantes de esa brecha.
Al mirar los datos, Puerto Rico evita el último lugar frente a las otras tres islas en solo siete subfactores: empleo, precios, finanzas públicas, política fiscal, productividad y eficiencia, mercado laboral e infraestructura tecnológica. Sin embargo, esa lectura requiere cautela.
En seis de esas siete áreas quedamos terceros porque Nueva Zelanda aparece por debajo. La única categoría en la que Puerto Rico supera a las otras tres islas es “Precios”. Ese resultado tampoco significa que Puerto Rico sea barato. El estudio combina inflación, costo de vida, alquileres, alimentos, oficinas y gasolina.
Puerto Rico obtuvo una posición favorable, en gran parte, porque la inflación medida fue baja. Una inflación baja significa que los precios aumentaron lentamente; no significa que el costo de vida sea bajo. Podemos tener precios altos que suben poco y continuar viviendo en un lugar caro, con el agravante de que los cambios globales actuales tienen un impacto aún mayor sobre nosotros.
Ahora debemos seleccionar pocas prioridades que generen el mayor impacto: infraestructura confiable, ejecución gubernamental, participación laboral, educación alineada con el mercado, inversión que permanezca en Puerto Rico y empresas más productivas.
Puerto Rico no necesita copiar a Singapur, Irlanda o Nueva Zelanda. Tampoco tenemos la capacidad de hacerlo en estos momentos. Ya sabemos qué hacen mejor y por qué les funciona. Nosotros tenemos que ensamblar nuestro propio sistema de competitividad y hacerlo rápido.
Ya han pasado diez años desde la quiebra formal y diez años durante los cuales hemos recibido inyecciones de capital externo como consecuencia de desastres atmosféricos. Ya sabemos que el tamaño no importa. Tampoco importa lo que digamos que vamos a hacer, sino lo que realmente hagamos.
Solo obtendremos una ventaja competitiva similar si hacemos lo que tenemos que hacer.